[OPINIÓN] La globalización neoliberal ve al medioambiente como un negocio     

 


 

Por Andrés Gillmore A. @veranadas
Past-Director Corporación Costa Carrera

 

Globalización es un término que se utiliza para denominar la forma en cómo vemos la contemporaneidad y la internacionalización de los capitales corporativos, que como sabemos tiene repercusiones importantes en el ámbito económico, social, cultural en los países, modificando la relaciones sociales y la explotación de los recursos naturales; entendiéndose que los intereses corporativos ven a los recursos naturales como un “botín a tomar” y al medioambiente como un negocio, y en esto la globalización cumple un rol fundamental en la forma y en el fondo para aplicar esta manera de ver el desarrollo y que está trayendo repercusiones negativas en los países subdesarrollados, que ven cómo estas corporaciones mundiales, bajo el alero de los gobiernos se allegan a sus territorios para estrujar sus recursos naturales, sin importarles en lo más mínimo las consecuencias.

En las grandes urbes, el neoliberalismo puede ser aceptado a pesar de las tremendas contradicciones que genera y ser visto como algo positivo, y verse bien que un ministro de Economía diga muy suelto de cuerpo, que el país está muy bien encaminado económicamente, porque se venden más autos»

Existe consenso en el mundo globalizado, que la lógica de mercado está expandiéndose, desencadenando transformaciones en las matrices culturales y políticas, donde la reorganización economicista que propone la globalización, modifica totalmente la forma de concebir la sociedad y la relación con los recursos naturales entre la oferta y la demanda.

El caso más significativo de rebeldía ante la globalización, ha sido la dada por Inglaterra que se está retirando del Mercado Común Europeo con el Brexit, que significa salida de Bretaña de la globalización. Aunque el modelo neoliberal hable de justicia y equidad social y que la globalización es la expansión natural de los mercados, como la única forma de sobrevivir en el siglo XXI, existen evidencias que a pesar de todo el discurso, la verdadera intención no es otra que reducir el mercado y que pase a ser dominado por las grandes corporaciones internacionales y la globalización no es más que una burda treta para eliminar las fronteras legales y tener acceso irrestricto a los recursos naturales del planeta. En Chile, que somos hijos del neoliberalismo y el laboratorio donde se gestó la práctica, desde siempre hemos sido un gran ejemplo de globalización que comenzó en el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle con los Tratados de Libre Comercio (TLC), y a pesar de todo discurso, hemos descubierto profundas redes de colusión empresarial en nuestro querido Chile, con la intención de reducir la competencia y dominar el mercado, trayendo innumerables repercusiones negativas, que ha provocado la mercantilización de las políticas sociales y ambientales y que, en la actualidad, tienen al país inmerso en una profunda crisis existencial.

La perspectiva neoliberal actual se proyecta a sí misma, teniendo como base un modelo económico que postula al mercado como el escenario perfecto y que los individuos, a partir de sus intereses particulares son la base del modelo, reduciendo las interacciones sociales a simples relaciones de mercado, donde la sociedad deja de tener características propias de cualquier índole, implantando la uniformización de los intereses en las políticas sociales, bajo el prisma del desarrollado en el mundo subdesarrollado, en los servicios de seguridad social, educación, salud y que las políticas de conservación de la naturaleza queden subordinadas a criterios de mercado. Se entiende que el mundo economicista considera que el mercado por sí mismo tiene la capacidad de solucionar los problemas ambientales y eso en sí mismo ha dado muestras de no ser efectivo.

Los defensores del «ambientalismo del libre mercado», sostienen que la superioridad del modelo neoliberal en términos ambientales, permite ir por la equidad y que permite tener eficacia económica, solucionando los problemas relacionados con las políticas ambientales al estar basadas en la simplicidad de la asignación de derechos de propiedad de los recursos naturales, que no es otra cosa que la privatización de los bienes comunes territoriales y geográficos de la superficie y del subsuelo, y así como se habla del capital humano, el neoliberalismo del siglo XXI habla del «Capital de los Recursos Naturales». Bajo este presupuesto, la conservación pasa a ser una forma de inversión que debe rendir frutos económicos y simples objetos de inversión; entendiéndose bajo esta visión, que cuando se conserva un área natural por importante y estratégica que esta sea para la sustentabilidad del territorio, en realidad no se está protegiendo las especies ni los procesos ecológicos y naturales del territorio; se está invirtiendo en dicho territorio para que la conservación se transforme en un negocio como cualquier otro, haciendo que las políticas ambientales dependan de los mecanismos de mercado con el pago de impuestos, que permitirían que las grandes corporaciones puedan contaminar pagando impuestos.

En Chile, hace rato que los Parques Nacionales están funcionando bajo la lógica economicista y son intervenidos por la minería y la salmonicultura y se transforman en un claro ejemplo de lo que se persigue con la globalización y el trato economicista de los recursos naturales.

El ambientalismo neoliberal busca obsesivamente optimizar los mercados y que sus rendimientos financieros sean altos, sin importar el cómo, planteando que el principio contaminador debe ser el pagador y por lo tanto deben aplicarse a las comunidades afectadas por la contaminación impuestos, considerando que las comunidades son quienes deben pagar impuestos y no el contaminador como manda la lógica y de esa manera inhibir a las personas escoger lugares de residencia próximos a industrias contaminantes, lo que en Chile reconocemos como Zonas de Sacrificio (Quintero y Puchuncaví).

En el caso de la gestión ambiental, lo que se está buscando realmente es la privatización de los territorios y de los recursos naturales, otorgándole derechos de propiedad y patentes de explotación a las grandes corporaciones internacionales, sin importar quien los habite y sin tomar en cuenta sus proyecciones de desarrollo, transfiriendo la gestión ambiental a organismos fuera del Estado y del control social de las comunidades.

En las grandes urbes, el neoliberalismo puede ser aceptado a pesar de las tremendas contradicciones que genera y ser visto como algo positivo, y verse bien que un ministro de Economía diga ‘muy suelto de cuerpo’, que el país está muy bien encaminado económicamente, porque se venden más autos y aceptemos el ‘boom’ de la construcción como sinónimo de desarrollo; aunque estén interviniendo áreas estratégicas que deberían estar destinados a parques de uso público y la agricultura. El neoliberalismo nos ha estado diciendo que crecimiento es desarrollo y no que crecimiento y desarrollo son etapas distintas hacia un objetivo: mejorar la calidad de vida de las comunidades por medio de la sustentabilidad del desarrollo. Crecimiento es cuando a las empresas les va bien y desarrollo es cuando ese crecimiento es traspasado a la sociedad.

El discurso del modelo neoliberal dice que por la maravillosa lógica del modelo, este tendrá la capacidad de entregar mejores condiciones de vida; pero la verdad que eso no es bien así. El mundo corporativo se guía básicamente por las leyes que diseña el Congreso y si las corporaciones manipulan las leyes para lograr beneficios (Ley de pesca, ley ambiental, ley forestal) demuestran que una cosa es el discurso y otra muy diferente son las intenciones reales y si una corporación obtiene ganancias, no quiere decir que aumentará el sueldo de sus trabajadores, que mejorarán las condiciones laborales, etc.; ahí es donde el modelo neoliberal hace agua, porque por sobre todas las cosas es manejado por intereses apátridas, que se debe a los intereses de sus accionistas, que no les importa el territorio, la sociedad o el país donde está obteniendo esas ganancias y menos las comunidades que utilizan para lograr esos objetivos.

Para el mundo corporativo globalizado, el único objetivo es obtener suculentos dividendos y no hablo del lucro tan satanizado últimamente que no entiende que el lucro a nivel empresarial es sustentabilidad, al permitir tener en operación a la empresa; el tema aquí no es otro que la codicia desmedida, y cuando se llega a ese punto estamos jodidos. La construcción de una racionalidad alternativa en la transformación de las condiciones económicas, tecnológicas, políticas y culturales, son las que al final terminan determinando las formas de producción y para llegar a procesos sustentables, se depende fundamentalmente de las estrategias de desarrollo y que éstas deben estar sujetas a ideologías teóricas delimitadas por paradigmas científicos que puedan ser aplicados en forma práctica en la realidad de los territorios y no obstaculizar las posibilidades de reorientar los procesos productivos y dirigirnos hacia un desarrollo sustentable para todos y no solo para algunos, ante la necesidad de reorientar el modelo dominante como condición básica para superar los costos sociales.

La necesidad de crear un proceso de cambio progresivo que imponga un crecimiento económico con equidad social y sustentabilidad ambiental en la transformación de los métodos de desarrollo y los patrones de consumo, implican necesariamente lograr una mayor participación ciudadana en la toma de decisiones para obtener un equilibrio sustentable en la explotación de los recursos naturales, garantizando la calidad de vida de las futuras generaciones y crear por sobre todas las cosas proyección de futuro.

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