[OPINIÓN]  “La enjundia de las transnacionales en Chile”


 

Por Andrés Gillmore A. @veranadas
Past-Director Corporación Costa Carrera

 

Está más que claro que las transnacionales vienen a Chile, porque pueden hacer en nuestros territorios todo lo que no pueden hacer en sus países de origen y eso lógicamente tiene una importante compensación financiera para estas empresas, al no tener la obligación de invertir en tecnología de punta para no contaminar, pagan sueldos irrisorios comparativamente en sus orígenes y muchas veces ni siquiera tributan como corresponde, y se les permite utilizar resquicios legales como lo hacen las empresas mineras, que operan largamente con permisos de prospección. En el último tiempo, nos hemos enterado que un gran porcentaje ni siquiera presenta Estudios de Impactos Ambientales (EIA) para operar y los que han presentado, omiten estratégicamente todo lo negativo, realzando lo positivo.

En los años ’90, del siglo pasado, saliendo de la férrea dictadura pinochetista en que no teníamos nada y lo queríamos todo, se optó como estrategia de desarrollo ante la falta de recursos propios, permitir la entrada de estas corporaciones foráneas para que explotaran los grandes emprendimientos y sobre todo aquellos que tienen que ver con los recursos naturales en los temas mineros, forestales y energéticos. Posteriormente, entraron las concesiones viales y se destruyó a los ferrocarriles para que no tuviesen competencia y así como un sinfín de otros servicios. Han pasado 28 años desde esa decisión y en la actualidad vivimos la triste realidad de haber hipotecado los intereses del país a estas transnacionales que, literalmente, se apoderaron del país de norte a sur y de cordillera a mar. El legado que nos han dejado con el pasar de casi 3 décadas no es otro, que mucha pobreza, contaminación y una gran cantidad de comunidades rurales con serios problemas de proyección y sustentabilidad y una serie de enfermedades cancerígenas producto de la contaminación de las aguas y del ambiente.

 

En la actualidad ni siquiera poseemos la capacidad de alimentarnos y dependemos totalmente del mercado externo, porque las tierras que antes eran de uso agrícola en la actualidad están tomadas por los intereses de las transnacionales, que han pasado a controlar la mayoría de los sectores estratégicos de la economía…”

 

A modo de ejemplo, la transnacional salmonera Marine Harvest, de origen noruego, que tiene un gran porcentaje de las jaulas en las regiones del centro sur y que recientemente se le escaparon cerca de un millón de salmones -por no respetar las capacidades de carga y con todo el daño ambiental que esto está implicando- en Noruega sus concesiones tienen que renovarse cada 12 meses, y cada 6 meses son fiscalizados en un serie de temas para que no contamine. En Chile, las concesiones salmoneras son perpetuas, nadie los fiscaliza como corresponde. En la industria minera ocurre lo mismo. No creo que en Australia, Canadá, Suiza o EEUU les permitan a estas empresas operar como lo hacen en Chile, utilizando lagunas naturales como pozos de relave y diques de cola, pagando sueldos miserables y sin las condiciones mínimas de seguridad, y que una vez terminada la operación se retiren y dejen el legado de contaminación e insustentabilidad como estela.

La enjundia de estas transnacionales en pleno siglo XXI resulta aberrante y cínica. Cuando estas empresas son increpadas por estos hechos, se defienden con el discurso que ellos se remiten a cumplir con la ley chilena. Pero esconden que esa ley chilena está manipulada en la “cocina” del Congreso por el lobby descarado de estas mismas transnacionales, sustentados en la traición de senadores y diputados con poca ética y moral, que se venden descaradamente a estos intereses foráneos por regalías financieras que, a la corta y a la larga, no son más que traidores a los intereses del país y eso en sí mismo es aberrante; sobre todo cuando esos mismos políticos hablan de patriotismo y por debajo se venden a vil precio a intereses extranjeros.

En la segunda mitad del siglo XX se produjeron importantes cambios en el sistema económico chileno y aceptamos la presencia dominante de estas empresas transnacionales como símbolo de desarrollo y nos sentimos orgullosos, porque nos permitió crecer y demostrar nuestra importancia como país y no nos dimos cuenta que lo que realmente demostramos fue nuestra pequeñez y falta de sentido de futuro. Las transnacionales son todas aquellas empresas que producen en más de un país y que ganan en importancia frente a las empresas nacionales en lo que a las ventas globales y cómo la lógica manda en el mundo globalizado, terminan desplazando a las empresas nacionales como motor de la acumulación y terminan transformadas en “sanguijuelas”. Esta funesta realidad para el buen recaudo de los intereses nacionales, ha creado una dicotomía entre lo que se necesita ante lo que se hace y con ello se han perdido importantes territorios ante la creación de lo que se denomina como “Zonas de Sacrificio” en nuestras regiones para beneficiar a estas empresas extranjeras y todo a costillas de esas comunidades.

En los años ‘50 del siglo pasado, pocos economistas prestaban atención al tema de las transnacionales. En los años ‘70 comenzaron a ocupar sendos titulares de la prensa y se agitaron las asambleas políticas y se llenaron las grandes bibliotecas con la denominación de origen como herramienta de desarrollo. Sus informes de desarrollo y una posible sustentabilidad por medio de lo que, en ese entonces, se reconocía como herramientas de desarrollo. En los ‘90 se transformaron en un hecho de la vida corriente de Chile, que algunos apoyaron más que nada por intereses personales, ante los grandes negociados cuando se privatizó Corfo en los estertores de la dictadura pinochetista; otros lo aceptaron con resignación y otros estuvieron totalmente contrarios, al entender que estas empresas extranjeras destruirían la industria nacional y eso terminó sucediendo literalmente.

A lo largo de esta controversia fundamental de forma y fondo, los apologistas de las transnacionales ven a estas empresas como el progreso de la racionalidad, ante una institución que en teoría está al servicio de los países en desarrollo, que supera las barreras del nacionalismo, que aporta capitales a países carentes de ellos, que difunde formatos modernos de organización productiva, con transferencia de tecnología y conocimientos, que de otro modo sería imposible para países subdesarrollados como Chile, abriendo mercados externos de exportación, creando empleos locales y que por lógica mejorarían los salarios al compararlos con las empresas locales.

Pero la verdad sea dicha, con el pasar del tiempo y al transparentarse información de cómo operan estas corporaciones en Chile, se fueron entendiendo los extremos negativos del sistema capitalista por medio del actuar de estas transnacionales y se entendió que son un poderoso instrumento de opresión de la fuerza de trabajo local, que debilitaba la organización sindical, que exporta puestos de trabajo, que comprime los sueldos, que no respetan el medioambiente y la proyección social, económica, histórica y cultural de las comunidades y en la actualidad son la expresión máxima de la dominación económica y política de los países industrializados sobre los subdesarrollados y, como si fuera poco, terminan apropiándose de las materias primas, controlan los mercados externos, eliminan las empresas competidoras locales, se aprovechan de los bajos sueldos de los países en desarrollo para subir sus beneficios considerablemente, drenan las reservas por excesiva remisión de utilidades y terminan distorsionando la producción con tecnologías inapropiadas que imponen en los países subdesarrollados como Chile y traspasan patrones de consumo inadecuados para enriquecerse y sin importarles el daño que producen.

Las transnacionales centran sus estrategias en la necesidad y la viabilidad de regular sus operaciones. Los países subdesarrollados débiles como Chile, que dependen totalmente de las transnacionales para sustentar el modelo económico, deben enfrentarse al poder financiero y político que disponen estas grandes empresas corporativas y terminan transformando la esfera de la política económica del tradicional ejercicio de la soberanía, en una práctica de negociación paritaria, que como todos sabemos y sobre todo en pleno siglo XXI, es insustentable ante una serie de variabilidades que se están produciendo por el cambio climático y la reducción de las reservas de los recursos naturales, que a su vez es generado por estas mismas transnacionales a nivel planetario.

La incapacidad de la política económica chilena de encauzar las acciones de las transnacionales en Chile, obligándolas a respetar a las comunidades y el medioambiente, nos ha impuesto la desaparición de otras alternativas que ofrece la economía global y las transnacionales nos han debilitado como economía, tanto ha sido así, que en la actualidad ni siquiera poseemos la capacidad de alimentarnos y dependemos totalmente del mercado externo, porque las tierras que antes eran de uso agrícola en la actualidad están tomadas por los intereses de las transnacionales, que han pasado a controlar la mayoría de los sectores estratégicos de la economía como, la energía, las finanzas, las telecomunicaciones, la salud, la agricultura, las infraestructuras, el agua, los medios de comunicación, la alimentación, la minería, la salmonicultura y las forestales; que ante la crisis del formato capitalista que se vive en la actualidad a nivel global, han venido a reforzar el papel económico y la capacidad de su influencia política en Chile, que no es menor y menos en un gobierno de derecha como el actual, que no es capaz de relacionar el medioambiente y la sustentabilidad de las comunidades como la base del desarrollo, que tienen estas grandes corporaciones privadas extranjeras en el país; haciendo negocios con los recursos naturales, los servicios públicos, la especulación inmobiliaria e intervienen los mercados futuros de la energía y los alimentos, de las patentes, de la sobre vida y producen el acaparamiento de tierras y se marchan al obtener millonarias ganancias, dejando los territorios contaminados y destruidos y sus comunidades sin la proyección de futuro con la que contaban hasta antes de la llegada de estas empresas.

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