COLUMNA EPD: «Qué nos impide avanzar»

Por Hernán Contreras Molina 
Abogado e Historiador

 

Los representantes del neoconservadurismo evidencian sus principios rechazando los contenidos de la agenda valórica, reforma tributaria, reforma integral del sistema educacional, reforma de nuestra Carta Fundamental a fin de hacerla más democrática.

 

 

“Permítanme añadir solamente que el
reciente debate entre neoliberales
económicos y sus críticos sobre el
papel de las empresas públicas y del
Estado, en principio, no es un debate
específicamente marxista y ni siquiera
socialista. Descansa desde la década
de 1970 de trasladar una degeneración
patológica del principio del laisse –faire
a la realidad económica mediante el
repliegue sistemático de los Estados
ante cualquier regulación o control de
las actividades de empresas lucrativas”
E. Hobsbawm. COMO CAMBIAR EL MUNDO
Editorial Paidós Crítica 2011

En el mundo moderno las transformaciones políticas obedecen a transformaciones sociales y estas son el producto de cambios profundos en la estructura económica que, en el caso nuestro permitieron, a importantes sectores de la población el acceso al mercado de bienes y servicios, al mismo tiempo, que otros fueron preteridos y objeto de frustración debido a la marginación de las bondades ofrecidas, más tarde, esta frustración se transformó en una pulsión emocional de componentes dispersos que organizó a distintos actores sociales en torno al reclamo y al descontento, al comprobar signos evidentes de prácticas cuestionables y abusos visibles en las relaciones con el mercado público y privado.

Preciso es reconocer que en el periodo comprendido entre 1975 y 1990 se realizaron profundas reformas a la economía acompañada de transformaciones político institucionales todavía vigentes.

Los sistemas sociales están determinados por la forma de organización de la propiedad, la evolución histórica por el desarrollo del sistema productivo y el poder de la burguesía por su posesión de los medios de producción (Saint-Simon).

La revolución silenciosa instaló un sistema económico y social inspirado en las teorías de Milton Friedman y Von Hayek: este último señala que el estado de bienestar es una subespecie del socialismo: “camino de servidumbre”; dicha teoría se tradujo en la aplicación irrestricta de un modelo de economía de libre mercado, poniendo énfasis en la tecnocracia y la macroeconomía. El proyecto neoliberal, hoy en franca retirada, alcanzó su máxima expresión en los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Este proyecto político, económico y social, simultáneamente, desarrolló el concepto de subsidiaridad del Estado, atomizando su tamaño y limitando su participación en la regulación de la actividad económica y en el quehacer social con consecuencias, hoy, desastrosas para las economías de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa, en general. En este sentido es preciso recordar la propuesta de Jaime Guzmán al gobierno de Pinochet a propósito del envío de distintos proyectos de ley en representación de la UDI en la que se refiere a la materia: “La reducción del tamaño del Estado como ente productor al ámbito propio de su rol subsidiario, hoy significativamente desbordado, y la revisión de las normas jurídicas que otorgan facultades peligrosamente discrecionales a las autoridades económico-administrativas”. (Ercilla. 21.5.86)

A su respecto, no podemos dejar de advertir que durante el periodo antes señalado, en Chile, la aplicación del modelo trajo como consecuencia el crecimiento económico a niveles nunca alcanzados, a pesar que este crecimiento se hizo en desmedro de los niveles de inversión en salud, educación, vivienda y a expensas de los derechos laborales y previsionales adquiridos desde la década de 1920.

La experiencia de poco más de veinte años de gobiernos de la Concertación (uno de cuyos mayores esfuerzos estuvo centrado en proporcionar una fuerte dosis de humanismo al sistema, “Neoliberalismo con rostro humano” (Fernando Atria), fueron insuficientes para devolver a la nación el espíritu democrático y la recuperación institucional que una vez soñó, cuyo peor perfil se advierte en la ausencia de reformas profundas al sistema político constituido por instituciones conservadoras donde el corsé impuesto a la democracia impide su ejercicio mientras los quórum calificados paralizan los cambios normativos en el ámbito de la salud, educación y recursos naturales que una sociedad moderna requiere.

Por su parte, los sistemas democráticos no pueden funcionar si no existe un consenso básico entre la gran mayoría de los ciudadanos acerca de la aceptación del Estado y de su sistema social, o por lo menos, una disposición a negociar para llegar a soluciones de compromiso.

Las conferencias de Reykjavik (1986) y Washington (1987) pusieron término a la guerra fría. A partir de esa fecha el lenguaje adquirió otro significante en el ámbito de la política internacional, así por ejemplo, hablar de la Rusia soviética carece de contenido presente, la palabra comunismo está reservada más bien para una ideología relegada a los estudiosos de la ciencia política, de modo que el anticomunismo como concepto se encuentra en la obsolescencia intelectual. Ya ni siquiera se habla de China comunista atendido su lema << un país, dos sistemas >> y su influencia en la economía globalizada.

El concepto de Aldea Global introducido por el sociólogo canadiense McLuhan en 1962, aplicado a los medios de comunicación audiovisual hoy tiene su correlato en la denominada Globalización proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países unificando sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones políticas, económicas y sociales. Este proceso seminal en Occidente, como sabemos, se ha expandido alrededor del mundo desde las últimas décadas del siglo XX recibiendo su mayor impulso al término de la guerra fría y continúa hoy desarrollándose a gran velocidad.

A este proceso de transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales nuestro país no sólo no debe permanecer ajeno sino que como una nación que aspira a la modernidad, (siguiendo el ejemplo de otras cuyas estructuras menos flexibles que la nuestra les ha permitido dar pasos cualitativos en la historia de su economía), debe asumir con convicción el desafío cultural y político que le permita alcanzar el objetivo trazado.

Bajo el firmamento complejo y enigmático del Siglo XXI, una Historia siempre cambiante, parte de nuestra clase política permanece anclada en un pasado sin horizonte: la centroderecha. En este sector, como gusta apostrofarse, cohabitan corrientes neoliberales y neoconservadoras, (estos últimos han penetrado profundamente en sectores populares), son los que tienen mayor peso específico atendida su consistencia, consecuencia ideológica con su ideario político y verticalidad en las decisiones, por tanto, ejercen un liderazgo incontrarrestable circunstancia que genera un desequilibrio significativo entre ambas fuerzas.

Los representantes del neoconservadurismo evidencian sus principios rechazando los contenidos de la agenda valórica, reforma tributaria, reforma integral del sistema educacional, reforma de nuestra Carta Fundamental a fin de hacerla más democrática, prueba de lo anterior es preciso citar las palabras de Jaime Guzmán a propósito de las reformas constitucionales de la época (1987): “Así como el comunismo pretendió descalificar la Ley de Defensa de la Democracia impulsada por el gobierno radical de González Videla y aprobada por el Congreso Nacional, en 1947, apodándola de “Ley Maldita”, ahora se habla de “persecución a las ideas”, de “apartheid político” o de “muerte civil”, buscando presentar como víctimas a quienes realmente son agresores. Considero vital no caer en la trampa de dejarse acomplejar por semejante táctica. Ni el artículo 8° de la Constitución ni la reciente ley que regula sus efectos y lo complementa, afectan para nada la libertad de pensamiento. Tampoco la difusión de cualquier idea en el ámbito académico o en el de las relaciones interpersonales. Sólo se sanciona el activismo proselitista de las doctrinas totalitarias o violentistas, en resguardo de la subsistencia de una sociedad libre.” (Ercilla 30.10.87)

Por el otro, en la centroizquierda, donde convergen profesionales, intelectuales, clase media, el mundo popular y del trabajo, compuesta por partidos laicos y confesionales, sectores que descreen del sistema en su actual versión y otros que instan por su tímida modificación, hecho que dificulta la contrarreforma al sistema político.

Hoy, la ciudadanía demanda profundos cambios en el ámbito político, económico y cultural que son expresados por los distintos movimientos ciudadanos y gremiales que reclaman por la conducción del Estado, por reformas al sistema político e institucional, por el descrédito de la clase política y su insensibilidad para desoír dichas demandas.

Para efectos de comprensión de buena parte de los argumentos que se exponen en el presente capítulo se debe recordar que parte del capital político con que la centroderecha derrotó, por escasos votos, a la centroizquierda en las elecciones presidenciales de 2010, fue, debido a la ausencia de un proyecto histórico de compromiso social y democratizador e incompetencia con que ésta gobernó durante 20 años, a lo que se debe añadir la eficiencia probada en la acumulación de capital que aquélla demostró durante ese mismo periodo.

Después de tan sólo tres años de gobierno ese capital político se desvaneció atendido el frágil e indecoroso manejo de la administración del Estado, con la consiguiente pérdida del prestigio secular en alguna de sus instituciones políticas cómo son: el resultado sobre índices de delincuencia y pobreza de la encuesta Casen; la arbitraria y errática intervención en Barrancones y, luego, en Punta Alcalde, en materia de legislación ambiental; la incompetencia demostrada por el Servel, en relación a la confección del padrón e ignorancia en materia de votaciones (calificación de los votos); los resultados manipulados torpemente de distintos índices por el INE: como son el IPC, Índice de empleo y, finalmente resultados de la encuesta realizada con motivo del Censo 2012. De modo que, ésta, naturalmente, advierte tiempos difíciles, particularmente, en las elecciones parlamentarias de 2013.

Por su parte, la centroizquierda heredera de un legado histórico que significó la recuperación de la democracia intenta hoy ir “en busca del tiempo perdido”, haciéndose cargo de las urgentes reformas que la nación requiere, necesarias para una sana convivencia. Tarea no exenta de inconvenientes políticos y culturales en razón de la diversidad de los actores políticos que integran el grupo opositor.

En este periodo de cambios profundos de la sociedad moderna, la centroderecha, específicamente, su sector más conservador, jugará un rol protagónico en la defensa de los enclaves autoritarios que conserva la Constitución de 1980, la mantención del Estado subsidiario y la contracultura que permite sostener los principios de la sociedad de libre mercado. Para ello ejercerá a través de los medios de comunicación su mesianismo patético heredado de su fundador, el fundamentalismo cultural de su proyecto neoconservador, sembrando, como es su costumbre, el terror en periodos electorales.

Los tiempos que se avecinan demandan urgentes cambios en la regulación, funcionamiento y ethos de los partidos políticos, instar por el objeto para que fueron creados: asociaciones voluntarias, dotadas de personalidad jurídica, formadas por ciudadanos que comparten una misma doctrina política de gobierno, cuya finalidad es contribuir al funcionamiento del régimen democrático constitucional y ejercer una legítima influencia en la conducción del Estado, para alcanzar el bien común y servir al interés nacional (Art. 1° Ley 18.603 Orgánica Constitucional de Partidos Políticos). Efectivamente, la grandeza histórica de los partidos políticos consiste en ser genuinos intérpretes de las necesidades que la sociedad demanda y en transformarse en la correa transportadora de sus ideales y sueños.

Con vasta frecuencia escuchamos sostener por parte de la clase política, que los partidos constituyen uno de los ejes en que basa su funcionamiento la democracia. Esta afirmación que usualmente es correcta, hoy, en nuestra realidad no tiene vigencia. No la tiene, por cuanto los partidos desarrollan sus propósitos a espaldas de las necesidades y demandas de la sociedad civil, está probado que existe un total divorcio entre los unos y la otra. Su quehacer no está claro que apunte a robustecer la democracia constitucional, es ostensible que el parlamento acumula en la última década un número significativo de errores no forzados cuya culminación es el nombramiento a la Vicepresidencia de la Cámara Baja de un diputado acusado de corrupción, (hecho que con posterioridad fue rectificado) y la vergonzosa acusación de soborno que fue objeto una diputada, integrante de la comisión de la Ley de Pesca, lo anterior evidencia un descrédito incuestionable de uno de los poderes del Estado.

La sordera de la clase política aumenta en proporción directa al aumento del clamor ciudadano. A su vez, la cultura dominante en las estructuras partidarias impide el ejercicio de la democracia interna, asumiéndola una minoría de culto la que, en definitiva, adopta las decisiones que incumben al resto de la militancia ciega y muda de su destino. Para probar lo anterior cito cifras proporcionadas por la Encuesta Nacional UDP del año 2007, esta arrojó que más del 60% de los encuestados respondió que ningún partido político representaba sus intereses, creencias o valores. La misma encuesta registra que la proporción de personas que manifiesta antipatía o indiferencia hacia los partidos viene subiendo sistemáticamente desde 2005.

 

 

©2013 Todos los Derechos Reservados El Patagón Domingo Ltda.

Un comentario sobre “COLUMNA EPD: «Qué nos impide avanzar»

  • el 9 julio, 2013 a las 12:11
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    densa, vericuetosa y me quedo en pampa con la misma pregunta que le da título a la columna.

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