COLUMNA EPD: «Ni a la francesa, ni a la venezolana… a la chilena»

La experiencia de Islandia no es la panacea, pero ofrece una mirada para saber que no se producen más ni menos efectos negativos que los que vive a diario un país, sólo porque se proponga un proceso de nueva Constitución. Allí, en Islandia, no se rompió la economía ni hubo convulsión social ‘a la venezolana’, como se caricaturiza en Chile. Tampoco fue necesario llamar a la intervención militar o pedir golpe de Estado, como otros advierten por estos días ya, si se  avanza en esa opción en Chile…

 

 

Por Claudio Díaz Peña (*)
cdiaz@elpatagondomingo.cl / @claudio_diazp

 

Una  asamblea constituyente es un mecanismo popular y democrático, para alcanzar un nuevo modelo de legislación constitucional y de organización del Estado.

La asamblea constituyente puede nacer espontáneamente, o sea, sin regulación previa, o bien estar contemplada y regulada por la Constitución de un país.

Por estos días en que se ha levantado el debate sobre la legalidad y pertinencia de este instrumento, la asamblea constituyente, con miras a alcanzar una nueva Constitución en Chile, se ha recordado con fuerza el caso reciente de Islandia, país de poco mas de 330 mil habitantes y que recién en 1944 fue reconocida su independencia por parte de Dinamarca, mismo año que surge la Constitución de Islandia, la que rigió a la nórdica isla del atlántico norte por más de 50 años.

Islandia con economía de libre mercado y cobro de bajos impuestos para el rango de países de la OCDE, mantiene un Estado benefactor con salud universal y educación superior gratuita para los islandeses. Incluso en 2009 fue clasificada por la ONU como el tercer país más desarrollado del mundo.

Sin embargo, fueron los movimientos sociales en Islandia los que en 2010 obligaron a que el Parlamento aprobara la ley que ordenaba la conformación de una Asamblea Constituyente, que se eligió a principios de 2011. Todo ello, no sin la oposición más recalcitrante de diversos grupos de poder conservadores que advertían la inconveniencia, la fatalidad y el caos que traería el aceptar una Asamblea Constituyente.

La asamblea se compuso con 25 personas, hombres y mujeres, elegidos por votación popular. Y un “comité constitucional” de 7 personas que convocó a un foro nacional, integrado por MIL ciudadanos y ciudadanas, elegidos al azar de entre los registros electorales, todo ello para

El plebiscito de la propuesta constitucional surgida desde este proceso fue aprobada en 2012, con 66% de respaldo, aunque con una participación que llegó al 50%.

Este canal institucional, es un ejemplo que es posible un cambio de Constitución sin traumas a nivel de Estado o país. De hecho, tras las nuevas elecciones en Islandia el año pasado, se impusieron los sectores más conservadores en el Parlamento.

En otras palabras, la experiencia de Islandia no es la panacea, pero ofrece una mirada para saber que no se producen más ni menos efectos negativos que los que vive a diario un país, sólo porque se proponga un proceso de nueva Constitución. Allí, en Islandia, no se rompió la economía ni hubo convulsión social ‘a la venezolana’, como se caricaturiza en Chile. Tampoco fue necesario llamar a la intervención militar o pedir golpe de Estado, como otros advierten por estos días ya, si se  avanza en esa opción en Chile…

Por el contrario, la economía islandesa no se estancó, y el país no se fue a la pailas, las cifras evidencian que los indicadores siguieron creciendo auspiciosamente en los 2 años de trabajo asambleístico e incluso bajó la inflación en más de 10 puntos, y también de manera importante se redujo la tasa de desempleo.

Entonces, imaginemos si en 1789 se hubiera acatado la visión de la clase más acomodada en Paris, es decir, la nobleza, manteniendo hasta el siglo XIX o XX el feudalismo y los privilegios de esa clase dominante, y entre otras cosas no tendríamos Declaración de los Derechos del Hombre, ni los franceses Revolución Francesa, ni Constitución de 1791, y menos entenderíamos probablemente aún conceptos como Igualdad, Fraternidad y Libertad..

La clave en Chile,  es reconocer primero que la Constitución de 1980 no representa la realidad actual del país, y que debe existir voluntad de los líderes políticos para acompañar en este proceso a la mayor participación ciudadana posible tanto en las etapas de gestación como de definición, estimulando y aportando al debate, y a una madurez cívica para la formulación constitucional, y no restándose, resistiéndose, o antagonizando valores y visiones. Escoger uno u otro camino, hace la diferencia entre la burguesía que debió hacer la Revolución en la Francia de fines del siglo 18 para alcanzar sus demandas, o como en la Islandia de hace 3 años, que logró cambiar su Carta Magna acudiendo a los canales institucionales de la República.

 

 

(*) Es Periodista y Editor de Contenidos de EPD Comunicaciones Ltda.

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